En la cocina I
Airado el viento a las espaldas, contando los rasguños que a su paso dejaba. Se secaban así y no a deshora, en el tendedero del jardín, las prendas más finas y los trapos más sucios. Con recelo, probaba con el extremo de los labios en una larga cuchara de madera, el alma que se cuece a fuego lento en la salsa de las tristezas más tristes y de las alegrías más sanas. La receta de toda la vida, una de antaño que hacía la abuela. Su pellizquito de sal y congoja. Una cucharada pequeña, siempre, de incertidumbre. Remover lentamente y mezclar, las ganas con los quereres, las risas y las dulces veladas. Con los desayunos de melocotón, por el color almibarado. Con los atardeceres de vainilla, por sus pastas de té. Con un anochecer de vino y un desvelo de chocolate en la madrugada. El corazón con aspavientos se ilusiona y desespera. Suenan las bisagras oxidadas de la cancela y en el tiempo de unos diez o quince pasos se oye el timbre de la puerta. Me seco las manos en el delant...