Desluz.
En cuanto renunciaron a ello se vieron náufragos de sus propios anhelos. Conformando la realidad como un alicatado purpúreo, a golpes de tambor, la ensordecedora ceguera de sus espíritus los precipitaba hacia lo más abrupto de la existencia, ellos mismos. Allí estaban, donde nunca antes habían estado. Masacrado el espacio de silencios, llegó la pausa que nada solucionó y que por la contra lo hacía todo aún más evidente. Y el espejo devolvió entonces la imagen de la derrota. Inexplicablemente, al fondo, una luz desatornillaba el semblante, sólo a veces. Otras apuntalaba con aquel titilante resplandor las pocas ganas de seguir.