Cinco de la tarde.
Entreverá el alma en el hastío de la tarde. Son casi las cinco y el entripao no me deja. El apoderao recorre con la mirada los pasillos, que no falte de ná, que todo esté en su sitio. Con las agallas del corazón, se tensa el cuerpo y se calienta la sangre. Por los cuellos de las camisas rezuma el ardor del miedo. Sobran las palabras. En cada mirada, en cada pupila, una brizna de honor, otra de orgullo, otra de arrepentimiento. Expiar vacilaciones, demostrar la valía, un cuerpo a cuerpo, viendo reflejado el traje de luces en tus ojos negros, tan negros. Esto es entre tú y yo, tu vida o la mía. Desde el tendío se perciben ajenos y delicados lamentos. La cintura ceñida, el corazón pequeño, un recogido en el pelo, es la mujer de mantilla. Yo no entiendo de barcos, sí de verónicas y chicuelinas, de capotes y astaos, del calor del rojo púrpura, del albero en mis manoletinas. Son las cinco de la tarde, paseíllo triunfal. en ristre la coleta, se exhibe la cuadril...