Tristes pesares

Y sentirse una cuidad de Troya, fuerte, orgullosa, valiente, desafiante.

Y aún así invadida por lo que aparentaba ser lo que no era.

Una tristeza disfrazada de sensación extraña.

Lánguida y melancólica inunda mis músculos estancos.

Y la inactividad se acumula, impasiva ante el paso del tiempo.

Desdeñosa ante la mirada de nadie. Nada me ata, nada me retiene y aquí permanezco.

Una quietud pegajosa, y densa, sibilina.

El gris, que se intuye plomizo, tiñe con desaire una mañana color vainilla.

La conozco, sé qué lleva detrás, lo que la oscurece por dentro.

La razón de su avanzar lento como una tortura.

Sin importarle más que ser y ocupar el espacio que alcanza a ver.

No me es ajena, es mía.

La dejo ser y la contemplo.

Así es ella, así soy yo.

Es tan mía como mi más franca sonrisa.

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