"Dos"


Él caminaba acarreando esas cosas simples que se quedan doliendo en el corazón y en el alma.
Ella huía de ese mundo que se le hacía paralelo y que parecía existir en virtud del caos.

Se buscaban, no lo sabían, pero se buscaban.
Una búsqueda lisonjera, que ni un halcón ni las mismas estrellas verían.

Él anhelaba ese mordisco a la hora del postre. Ese que arranca una exhalación y eriza la piel.
Ella colgaba sus ganas de una copa de vino blanco. Jugueteaba con la idea de su mano. Intuía cómo uno de sus dedos se decidía a recorrer la senda de su espina dorsal.

A aquella hora, el dulce almíbar de la noche diluía en sombras todas las preocupaciones. Son esos momentos de ensoñación e inventiva. ¿Dónde se quedaría la realidad dormida?
El sempiterno silencio y lo que en él se mascullaba ensordecía el sucesivo presente. Entonces, cada suspiro y cada estruendo ocupaban su preciso lugar.

El sentimiento henchido por sus ganas de más se desinfló, se había tomado el último sorbo de vino.

Él se hacía dueño de la noche, tomando decisiones en la oscuridad. A sabiendas que el día llevaba las de ganar. Le escocía aquella magia, no quería ni un truco más. Y arrancándose los sentimientos de la piel terminó lo que ahora sabía que nunca debió de empezar. Al fin era consciente de haberse atragantado con su propio cuento chino.
Destilaban, cada uno en su realidad, el tiempo que a cuenta gotas pasaba. Las grietas de las horas rezumaban vida, llenas de vaivenes del pensamiento.

A ratos la brisa traía un cálido olor a melancolía y silencio, diluyendo la lánguida  espera que deparaba aquella noche vespertina.
Respirar hondo y sentir cómo las sombras confeccionaban las vestiduras perfectas.
Y sin embargo…

Era reconfortante encontrarse allí donde volver, donde volverse locos, donde estar locos por volver.
El viento suave mecía las ilusiones y una llovizna se mezclaba con las almibaradas sonrisas. Cada uno venía desde tan lejos, que resultaba fácil pensar que nunca se encontrarían. Pero eran esos agoreros pensamientos.
Perfumes y afeites varios enjugaban la vida. Imprescindible a estas alturas desteñirse la cara de miedos y acabar viéndolo todo con claridad.

Él en aquella playa frente al mar, donde el viento esculpía su pelo. Y entre mechón y mechón la vida entretejía remolinos. Ella ponía su alma a reposar en un pliegue del tiempo.
Se disparaban a bocajarro tantas sensaciones y ni el más mínimo deseo de esquivarlas se albergaba en sus cuerpos. Se trataba al fin y al cabo de convertir el frío acero de algunas lenguas viperinas en el más dulce y cálido de los besos. Perderse donde las luces difuminan el alma. Donde el cuerpo parece terminar y sin embargo más allá sigue sintiendo.

Repararon en una lluvia plateada de estrellas que iluminaba la noche. Y el sendero que el sueño describía llevó los pasos de ambos hasta el amanecer. Seguirían soñando. No desistirían hasta ese día, que el resto tildará como último, pero que tan sólo será otro principio disfrazado de adiós.
Ella sentada en aquel cojín, las piernas plegadas contra el pecho, las rodillas a la altura de los hombros, rodeadas con los brazos. Preparaba el alma para respirar cada segundo.
Él cerraba los ojos, cansado de ajustar la fina línea que unía el punto de mira con el objetivo, para luego acabar disparando con pólvora ajena.

Esa noche caía el telón velado por la luz de una ilusión, un mañana.
Cansados de miradas jaspeadas que por lo vítreo de las pupilas helaban el alma y enredaban las pestañas.
Esperanzados en que unos labios dieran calor al corazón, encontrando el sosiego de aquella sed.

Era justo allí, en el ocaso de las conciencias, allí donde todo se teñía de gris. Surgiría entonces la más clara de las visiones. Lúcida de luz. Coloreada de color.
Sabían que se trataba de jugar al presente. La única regla, estar al pie del cañón.

Dejó de ser necesario ahuyentar los pensamientos como si de una avalancha de insectos se tratase. Ahora el batir de los brazos elevaba sus ilusiones.
Y así fue cómo se encontraron. Devolviéndose una mirada de intenciones desmedidas.
Respiraron hondo sintiendo sus pulmones llenos de vida.
Se comieron a besos en un tumulto de sombras al volver la esquina.
Empezaban un juego en el que deseaban perderse el uno al otro la partida.

Él sintió su mano temblorosa en el pecho. El calor de la piel ajena le hizo sentir vida, quería vivir para amarla.
Ella sintió el recoveco de la espalda donde sus manos masculinas encajaron, quedando así engarzadas a su piel.
Sentía el rímel de su alma y en las pestañas quedaba impreso su sabor.

Dos almas arremolinadas, nada que ver con unos corazones desangelados.

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