"Honores"


“…Fue entonces cuando el reconocido héroe pudo abandonar la lucha. Cuando no tenía nada más que demostrar a los demás. Y sin embargo aún le quedaba ser consciente de que así era. Ardua tarea que aún no vislumbraba a ver en el horizonte de su existencia, en el atardecer de cada uno de sus días.

Recogió las armas del suelo y avanzó entre el populacho que lo vitoreaba.
¿Y no debería ser el caballero más orgulloso del reino?.
Algo reconcomía sus entrañas, después de todo lo vivido se preguntaba si podría volver a sentir ni tan siquiera ardor en la boca del estómago. Tal vez había visto demasiada sangre correr, demasiadas miserias.

Ensilló su caballo, ese compañero de viaje con el que había compartido los vaivenes de la aventura y el desaliento, la oscuridad de la noche y la esperanza del nuevo día.
El olor a podredumbre envolvía sus ropajes, ese era el olor de aquellas ciudadelas rodeadas de murallas donde la servidumbre era la única manera que algunos, muchos, habían elegido como medio para sobrevivir.
Hacinados entre los comportamientos más ruines y los sentimientos más oscuros, miradas de hielo al tacto de la traición y el sabor de la venganza.

La caída del sol se precipitaba, debía partir, llegar al bosque cuanto antes y quedarse al abrigo de la maleza. Cabalgó durante horas alentando con sus espuelas la fuerza de aquel corcel de pura sangre. En un pequeño claro decidió pasar la noche. Sentía la humedad de las sombras y esa extraña sensación de no ser bien recibido. Percibía la perturbada tranquilidad; pero él no era un extraño en aquel paraje, ¿cuál era el motivo de tal revuelo? Nadie, ningún ser vivo dormía. El peligro acechaba y parecía ser la razón perfecta para no conciliar el sueño a pesar del cansancio y el azaroso viaje que le había llevado hasta allí.

Al calor de la hoguera le venció el sueño y fue entonces cuando…

Se encontró avanzando ante una bruma densa y blanca. Intentaba disiparla con los brazos y podía sentir en sus manos un frío desconcertante. Su cabellera, su rostro, sus hombros, alojaban las gotas de rocío que rezumaban miedo. No había nada más aterrador que desconocer qué había detrás de aquella cortina de un agua vaporosa y gris.

No se atrevía a respirar, caminaba con sumo cuidado. Cualquier descuido haría notar su presencia  y aún no sabía qué le esperaba detrás de aquel telón de incertidumbre.
Oyó el chasquido de una rama y a la voz de “¿quién anda ahí?” desenvainó su espada. Una figura envuelta en una capa se mostraba ante él surgiendo de la nada…”

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