Así fue en 2007 "Jardin"


Érase una vez una mariposa que vivía en un jardín colmado de flores. Todos los días sobrevolaba aquella hermosa feria de colores, pero siempre llevaba sobre sus alas la tristeza de no tener color.
En realidad era una de las pocas mariposas que poseía todos los colores, pero el pago por este privilegio era que a la vista de todos, su color era negro.
Sus amigos la animaban constantemente y argumentaban que sólo un estúpido no sabría que el negro era la suma de todos los colores.
Ella, triste, alegaba que sus compañeras, las mariposas, volaban con elegancia, luciendo los exóticos dibujos de sus alas con piruetas y malabares. Y que a ella no la dejaban participar en sus exhibiciones porque decían que su color era feo.
Era una mañana como otra cualquiera, cuando apareció en el jardín un humano. Todos coincidieron al identificarlo como cría, debido a su baja estatura. Respondía al nombre de Blas y por el primer contacto que tuvieron con él las amapolas, todos presagiaron que se presentaba una mañana movidita.

“Movidita” para quien pudiera moverse, claro… Porque los hermosos rosales ya temblaban de pavor y exprimían su ingenio para encontrar un modo de sacar las raíces de la tierra y echar a correr.  Tras varios minutos, ¡qué digo minutos!, siglos y siglos de existencia, calibrando y valorando las posibilidades de conseguirlo y seguir con vida; llegaron a la conclusión de que sus vidas (como siempre) quedaban a expensas de que la madre de la criatura no perdiera de vista su malévola creación y diera un grito dando el alto justo en el momento en el que alguna de las hermosas rosas fuera decapitada o arrancada de cuajo.
Era una idea bastante angustiosa, pero era lo único que les quedaba, la única posibilidad que tenían de sobrevivir.

Los cactus sin embargo estaban bien plantados, en sus mini-macetas, encima de su mini-estantería, como marcaba la tendencia de moda en jardines y exteriores.
Ellos, aun estando al alcance de cualquier criatura humana, por muy bajita que fuese esta, estaban absorbidos por su rutinaria sesión de chistes mañaneros, que por supuesto siempre estaban relacionados con desiertos y granos de arena perdidos que caían en sus púas y… En fin, chistes de cactus que sólo los cactus entienden.
Los hierbajos, matojos, malas hierbas y demás especies salvajes no temían nada. Nada ni nadie podía con ellos. Crecían allí donde querían y tanto cuanto se les antojaba. Es verdad que nadie los cuidaba y que no recibían ninguna atención, que incluso a veces, muchas veces, sufrían las intervenciones del ser humano que pretendía erradicarlos de la faz de la tierra.
Aun así ellos tenían el poder, nunca nadie los exterminaría. Eran rebeldes y fuertes por naturaleza. Y aunque fueran pisoteados, aplastados y arrasados por el fuego, siempre resurgían de sus propias cenizas. Una especie digna de la admiración de todos los habitantes del jardín y del mundo vegetal entero.

Los tulipanes por su parte sacaban fuerzas de flaqueza para combatir los ataques que sabían a ciencia cierta iban a recibir. Y allí estaban, todos haciendo piña en su pequeño arriate y sin poder salir corriendo.
El sauce llorón, sólo temía por sus intrépidas y jóvenes ramas, que se habían entusiasmado creciendo y eran lo suficientemente largas como para que aquella pequeña criatura los cogiera, tirara hasta conseguir tocar el suelo con ellas o quizás acabar partiéndolas.

El roble pasaba de todo. Su robusto tronco y sus fuertes ramas no se iban a estremecer por la presencia de aquel niño. Él era la insignia de aquel jardín y no mostraría ni un atisbo de preocupación.
Como mucho podría sufrir alguna pequeña inscripción en su corteza, pero aquel infante aún no andaba en edad de estar enamorado y además no era primavera.
Todos los insectos proseguían con su rutina, al fin y al cabo la presencia de humanos y sus respectivos pies eran para ellos el pan nuestro de cada día. Además contaban con técnicas especializadas y muy desarrolladas para detectarlos y evitarlos.
Aunque siempre había algún insecto novato que perecía en el intento de sobrevivir. O alguna nueva maquinación malévola de algún humanito, que cogía por sorpresa a jóvenes y mayores. Pero contaban con esas pérdidas, eran gajes del oficio.

El perro, guardián del jardín y el terror de cualquier intruso que se aventurara a introducir sus patas en el recinto, por inocente que fuera este, parecía galopar. Ladraba y avisaba con su tono que iba a haber jaleo, algo se estaba cociendo en la casa, saltaban las alertas.

Todos se apresuraron a darle la razón cuando observaron que la jardinera, madre de la criatura y dueña del perro, empezaba a trajinar de arriba a abajo, de aquí para allá. Empezó por sacar una mesa y algunas sillas, varias sillas… ¡no! ¡muchas sillas! Todos sabían que algo se traía entre manos, la pregunta era… ¿qué?

La vida en el jardín continuaba… la fotosíntesis de algunos rezagados que todavía andaban inmersos en el proceso. Alguna que otra polinización de exóticos pólenes que las abejas habían importado de jardines lejanos…. Etc.

De pronto el silencio y una fantasmal quietud se apoderaron de aquel universo de color.
Hasta que un pequeño hongo, que crecía a pie del roble, reaccionó a decir:”¡oh! ¡no! ¡globos!”.
Eso sólo significaba una cosa y todos lo sabían, fiesta de cumpleaños. Que solía acabar traducida como “invasión a gran escala”; debido al número de invasores y al tamaño de los mismos. Según los cálculos aproximados de las hormigas, acudirían  entre siete y diez niños, acompañados por sus respectivos responsables. Aunque vaticinaban que con suerte sólo se quedarían a la celebración dos o tres adultos.
Daba igual el resultado de las conjeturas, eran muchos y las pérdidas serían aún más.

Las avispas empezaron a activar todo su arsenal de producción venenosa y todo su ejército de aire. Los rosales afilaron sus púas, los cactus enervaron las suyas. El sauce llorón intentaba en vano enderezar sus ramas. Los tulipanes se lamentaban de su evidente debilidad y el roble sacaba pecho.
Todos se apresuraron a tomar las medidas oportunas para resistir al enemigo y hacían bien, no había tiempo que perder.

Observaron un movimiento extraño por parte de la organizadora del evento. Un preparativo que no respondía al patrón de operaciones seguido en otros cumpleaños.
El procedimiento constaba de los siguientes elementos: unos postes de madera y una cinta plastificada blanca y roja, en la que aparecía un cartel que decía “no pasar” y la figura de un niño tachada con una línea transversal roja.

El jardín estaba paralizado, no se movía ni un ápice de rama u hoja. Incluso la brisa había dejado de soplar. Todos observaban atónitos.
Aquella mujer sería nombrada aquel día, reina y señora de aquella parcela del mundo vegetal. Para sorpresa de todos, había ideado un plan que a priori parecía perfecto. Rodear toda la parte del jardín donde estaban las plantas con aquella cinta, impidiendo así el paso de los niños. Quedando así una explanada de césped como única zona de paso y juego durante el evento.

Para rematar el plan estratégico, la mesa dedicada a los caramelos, pasteles y demás golosinas, quedaría colocada justo al frente. La atención de los diablillos quedaría desviada hacia una zona totalmente opuesta.

Todos los habitantes del jardín celebraron con elogios la feliz idea y aunque se habían quedado bastante conformes y seguros, aquel día dormirían la siesta con un ojo cerrado y otro abierto.

Comentarios

  1. Me encanta, me encanta .......por fin uno largo! Yo diria que es un cuento!

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