"Sam"


Un día ensordecedor para el espíritu.
Había sido un día cegador para los sentidos.
¿Y entonces? Si ya no podía oír, ni ver…
Era aquella realidad, a veces tan ajena y otras tan absorbente. Sentía querer más que aquello que le rodeaba.
Utilizar los mismos términos y estar refiriéndose a cosas tan dispares. Era como hablar de una habitación de paredes luminosas; unos imaginarlas blancas y otros amarillas.
A todos nos mueve hallar la caja, pero no todas contienen lo mismo. Unas vienen cargadas de respuestas; otras, con la seguridad de la rutina; otras están repletas de “lo conocido” aunque no sea tan bueno; otras, rebosan sentimientos, lánguidas de tanto llorar.

Hay tantas y tantas cajas, que hay que esforzarse por dejar de imaginar.
Estar dentro y fuera de todo y de nada a la vez. Sentir. Esas ganas de más, de buscar, la ilusión de vislumbrar, la felicidad de encontrar. Ese lugar de ninguna parte.
Un susurro de espuma blanca irrumpe entre los dedos de sus pies. Es el inmenso mar el que la llama a sentir el frío de su sal, el calor de la arena y la brisa audaz. Levantar la mirada, tenía frente por frente aquella inmensidad que juega a ir y venir y que interrumpe sus pensamientos.

Todo era aquel instante, todo y nada. Una y otra vez. Los ojos cerrados, los párpados de plomo y todos los sentidos de par en par.
Aquella brisa cercana y fría enredaba su pelo, le contaba que en orillas remotas había encontrado almas serenas, pensativas. Aquella ráfaga de aire se lo dijo. Ella la oyó hablar.
Y así enjugó su pecho en el algodón cálido de su rebeca. Un entrecruzar sus brazos, rodeándose a sí misma, en un abrazo sólo suyo.
Dos lágrimas recorrían sus mejillas, el semblante apacible. Ella sentía, estaba allí y lo sentía. Un rato más se dijo, permitiéndose a sí misma permanecer.

Se sentó en la arena, plegando sus piernas, apoyando la cara sobre las rodillas. Jugueteaba con la arena, la veía pasar como el tiempo, entre sus dedos.
Escenas felices se alborotaban en su retina, risueñas por volver a ser por un momento. Otras tristes, que no dejaban escapar el momento de hacerse notar. Y todo eso conformaba su recorrido hasta aquel ahora. La suma de todo aquello. Jamás pudo haber ocurrido de otra manera.
Se levantó, cogió sus cosas y acompañó de la mano a la orilla hasta el final.
Volver a casa, su pequeño refugio, repleto de cosas suyas y de mil mundos más. Deseaba llegar cuanto antes, abrir la ducha y sentir el agua caer sobre su piel. Pasaría la eternidad sintiendo el agua recorrer su cuerpo.
El peso del pelo mojado, las gotas en sus párpados y abandonarse a percibir cada centímetro de su piel.
En la mesita de noche le esperaba su gran aventura, tan sólo llevaba veinte páginas, pero él había entrado directamente en sus venas. Así las cosas, andaba a duras penas deseando leer una página más. Le entusiasmaba el protagonista, un hombre llamado Sam que desde niño perseguía respuestas.

“… el broche de jade envuelto en lienzos a mis costillas me refrescaba….”

Aquella piedra de jade era fría. Sus bordes sin llegar a cortar, helaban la piel. El lienzo de un blanco inmaculado, rodeaba su cuerpo ahora sucio de polvo y sudor. Sus costillas, su piel mojada y resbaladiza, caliente. Lo había tocado y había podido sentir hasta el latir de sus entrañas.
Sam huía, la respiración entrecortada. La mirada viva, tanto como el verde de aquellas plantas en las que se refugiaba en un intento desesperado por evadirse de sus captores. ¿Dónde estaba el oxígeno? No lo encontraba. Se desvanecía.

Ella podía sentir su angustia.
Él buscaba dónde apoyarse, deslizó su cuerpo abatido por aquel tronco robusto hasta llegar al suelo, sentado junto aquellas enormes raíces. Lo último que logró ver fueron aquellos teñidos cuerpos frente a él. Lo habían alcanzado, la selva era la aliada perfecta y en cambio para él... Nunca habría ganado aquella partida a los indígenas, ahora lo sabía.

Sam… ¿Sam?
Un sonido estridente la hizo volver desde aquel remoto lugar hasta su habitación, su cama. Sonaba el teléfono, dejó aquel recorte marcando la página, justo en aquel lugar.

“¿sí? ¡Dime!.... aja… aja…

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