"Súper"







Hoy toca una de las aventuras forzosas de la semana, expedición “acopio de alimentos”.
Y yo creo que es decir “voy a hacer la compra” y cada personaje corre para ocupar su lugar en este capítulo de mi vida. Todos corren a sus puestos. El señor que saca las cosas del carro y llena el maletero a cámara lenta. La que pita cuando sabe que no cambiará nada hasta que el señor devuelva el carro a cambio de su euro y yo aparque… y un largo etcétera.
Comienzo la gincana y la primera prueba, encontrar aparcamiento. ¡Genial! ¡A la primera! Me dirijo a los carritos y selecciono el modelo utilitario, más pequeño y recortado. El tamaño monovolumen me parece una exageración e incluso me pregunto si se podrá circular con él teniendo sólo el B.
Dónde habrán quedado esos carros de hierro frío y duro que se te clavaban en el culete. Esa experiencia traumática que suponía que tu madre te sacara del asiento para niños con una mano y con la otra la última bolsa del carro. Que te llevaba a suplicar entre dientes “por favor mamá, concéntrate y haz las cosas de una en una”, ante el inminente riesgo de acabar atascado entre los fríos barrotes y con media pierna abajo.
Echo la moneda y me invade una sensación de prisa, la idea de que el tiempo ha empezado a contar. La sociedad en la que vivimos y sus mecanismos de funcionamiento llegan a anular mi realidad.
Tengo la mente despierta y preparada para adentrarme en un universo repleto de mundos. El mundo de los lácteos, las conservas, los panes, las pastas, las verduras, los congelados.
Se me hace a modo de parque temático con su particular oferta de atracciones y espectáculos.
La primera prueba en la zona de los lácteos.
En una de las cabeceras veo un nuevo yogur de chocolate negro, eso agudiza mis sentidos arácnidos, me imagino comiéndomelo a ocho manos. Y los no arácnidos también.
Y cuando percibo ese cero acompañado del símbolo del tanto por ciento, la inercia de mi cuerpo se vuelve irrefrenable. Ni el increíble Hulk podría frenar mi interés. ¿Por qué verde…?
Hay una señorita que los promociona y me asegura que están buenísimos. Le digo que no… que… no…yo… no… “¡te obligan a comprarlos de cuatro en cuatro!”
Como el gimnasio, que te obliga a un año de permanencia; o las compañías de teléfono que también. ¡Pero bueno! Con estos tiempos tan cambiantes, ¿cómo pueden pretender compromiso? No me comprometo con una persona, me voy a comprometer a comerme cuatro yogures. Pude ver la cara de los códigos de barra asumiendo su propia soltería. Es difícil de uno en uno, imagínate de cuatro en cuatro.
Para que veas, en todos los universos se sufren las mismas tendencias de huida.
La chica insiste, ¿pero qué le ha dado? ¿O qué me ha dado a mí? Por arte de Birli y Birloque me veo siguiéndola por el pasillo con mi carrito en ristre. De pronto tengo la sensación de estar en una tienda de ropa, donde la dependienta te lleva medio hipnotizada hacia el jersey por el que le has preguntado, en tu talla y color.
Llega a ofrecerme hasta tres tipos de yogur. Me siento acorralada ante la insistencia y el frío de las neveras. Salgo por peteneras “yo es que no soy mucho de yogur”. Sin evitar añadir, que además ¿cuatro? Hubiera comprado uno para probar.
No llegamos a ningún acuerdo, sólo le faltó decirme que el pack de cuatro era por política de empresa. Está muy de moda esa frase últimamente. Puede que ese sea el problema, tanta política. Pues eso, que iban de cuatro en cuatro, pues no sé… por ser un número natural, que sigue al tres y precede al cinco. Por ser el primer número compuesto y ser defectivo, del que es tres la suma de sus divisores.
En fin, que todavía no logro averiguar cómo me la quité de encima, pero así fue. ¡Habilidades que tiene una!
Lo que tenía claro era, que yo salía de allí sin que ninguna de las variedades lácteas se asomara ni tan siquiera a mi carrito.
Por fin consigo volver a la búsqueda de mi primer objetivo, el queso fresco. Todos sabemos ya que el color rosa ha quedado reservado, en cualquier marca, a los productos 0% grasa. Espero que sea, de manera ingenua por mi parte, una casualidad de la vida y que no tenga que ver con lo femenino y la continua lucha contra la balanza. Los publicistas aún no se han enterado que ellos ya se depilan más que ellas. Que incluso utilizan más escote. Se trata para la mujer de una presión añadida. Ellas saliendo de ese mundo en busca de “la perfección Barbie” que supone ni un pelo, más que una preciosa y abundante melena, con las cejas perfiladas como si te las hubieran dibujado con escuadra y cartabón. Y ellos entrando de lleno, no saben lo que hacen.
Con lo bien que se vive, sabiendo que tu úlcera, al menos por eso, no sangra. Y que los pelos han cedido en su particular protesta, enconando cualquier iniciativa de despuntar.
Admito, y pongo a Mafalda por testigo, que en alguna ocasión me ha faltado el canto de un duro para preguntarle a algún chico el teléfono de su centro estético.
El tema flavonoides me parece demasiado para la segunda lección de alimentación y marketing. Nada que ver con vuestra capacidad de asimilación, pero sí por la envergadura del conocimiento.
Consigo volver a mi mundo, tal vez nunca salí de él. Así que continúo intentando visualizar la lista de la compra que llevaba confeccionando hacía una semana y que me había dejado en casa. A las 6’30 es difícil caer en la cuenta de estos detalles, como coger la lista para ir a comprar por la tarde, por si no vuelves a comer. Demasiado para el body.
El objetivo de la lista era ahorrarme la visualización de alguna que otra calle y el de respetar el plan alimenticio de la semana.
Una frase consigue secuestrar mi atención por un momento “es que parece que la caja viene rodando desde Asturias”.
¡No puedo! ¡No puedo! ¡No quiero! ¡Tengo que verlo! ¿De dónde sale semejante afirmación?
Y allí estaba, una señora, con un litro de leche en las manos. Una señora, de esas que conservan la costumbre de ir a la peluquería una vez por semana. Pelo corto y cardado, con bucles. Una obra de ingeniería, digna de un Eiffel piloso, que consigue mantenerse en pie, contra viento y marea durante una semana. ¡Cinco días seguro! ¡Demostrado!
¿Cómo se acuestan? ¿Colgadas? ¿De pie? Quizás duermen sin apoyar la cabeza con un truco a lo Coperfield. O tal vez el secreto esté en esas entrañables redecillas, que a ciertas horas de la madrugada se metamorfosean en una armadura de acero. En cualquier caso, un enigma más de la vida.
A su lado, él. A punto de jubilarse. Siguiéndola con el carro. Mirándolo todo y nada. Sin entender aquello, ni querer entenderlo nunca. Con ese archiconocido levantar de cejas cada vez que ella le habla y lo mira, simulando prestar toda la atención habida y por haber.
Esbozo una sonrisa y vuelvo a sumergirme en mis cosas.
Llego a la zona de la verdura y la fruta. Es cuando una amiga me suele llamar. Aparco el carro y me abstraigo en nuestra conversación como si estuviera en el sofá de casa, con las piernas en el respaldo y la cabeza en el asiento, haciendo un cuatro descuidado, hablando de una cosa y otra.
“¡nos vemos mañana!”.
Avanzo por montañas de chirimoya en oferta y tomates cherry de pera, naranjas y de ojo de tigre o yo qué sé.
“Perdona, ¿sabes dónde está el tomate concentrado?” Tengo que tener cara de saberlo todo y si no todo, mucho. Siempre alguien me pregunta algo. El chico es mono y a mí que me gusta charlar con la gente y con este chico más. Pero la preguntita… concentrada estaba yo en diferenciar la papaya del mango y el apio del puerro. No me termina de quedar a mí claro. Y tomate… tomate tiene la pregunta. “Pues no sé” y con el afán resolutivo que me gobierna y a modo de localizador del ejército me saco de la manga al reponedor que nunca nadie encuentra y que a mí misma me hubiera venido de perlas cuando buscaba el bote de guisantes hacía cinco minutos.
El chico iba camino del almacén, esas puertas de las que parece que va a salir cualquier día un caballero jedi o un Bertín Osborne a lo pobre, con aires de grandeza cutre.
Supongo que es la hora de su descanso, no sé si eso lo llego a intuir o él me lo deja claro a base de bien, en forma de pestañazos y mirada felina. ¡A este le gusta el reggaetón! Pensé…
Chico, así es la vida. Pensé a renglón seguido. Le di un toque en el hombro, jugándome la vida, me fui y lo dejé con el marrón.
Pesé todo lo que había cogido y continué mi marcha. Objetivo final llegar a casa con la compra hecha, sana y salva.
Parecen tres toneladas de alimentos por el módico precio de 70€. Y también parecen viandas para tres meses. Pero tengo asumido desde que marco el pin de la tarjeta, que sólo durarán una semana y que a los dos días bajaré al súper de la esquina.
Llego a casa, el coche en medio de la calle, intermitentes de emergencia. El plan, subir la compra, volver al coche y aparcar.
Se podría comercializar como tratamiento intensivo para el estiramiento de las extremidades superiores en pro de la elegancia. Cargada de bolsas, las manos me llegan a las rodillas. Subo, abro, lo dejo en la entrada, cierro y bajo. Primer viaje. Dispuesta a por el segundo, me cruzo con un señor que caminaba por la acera. Qué cara no me vería, que me preguntó si quería aparcar.
Un desesperado sí me sale del alma, junto con una mirada de súplica, aderezado todo con una sonrisa de agradecimiento. El hombre se ríe y me indica dónde tiene su coche “dale marcha atrás, justo detrás de la furgoneta blanca”. Como si me llevo por delante todos los espejos retrovisores de la calle. ¡Quiero aparcar! ¡Quiero aparcar! ¡Quiero aparcar!
Ya están todas las bolsas arriba. Entro en la cocina y lo que a las 6’30 de la mañana parece un inofensivo e inocente olvido, a las ocho de la tarde se traduce en un inminente desastre.
Se me había olvidado tirar la basura y no hay nada que huela peor que la sandía pasada. Se me viene a la cabeza la frase “la sandía es agua”. Que me lo digan a mí, un charco rodea el cubo. Vaya fatiga. El pescado también se quedó fuera, pero eso no ha supuesto percance alguno. Menos mal.
Me conciencio y no pasa nada, tan sólo un cambio de planes. Antes de colocar la compra habrá que limpiar el suelo y fregar el cubo de la basura. Voy a coger la fregona. Hay un papel en el suelo. ¡Ah! ¡No! es una pegatina en el parqué. ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? Respiro hondo y nada… nuevo cambio de planes. Habrá que rascar la pegatina, antes de fregar el suelo, el cubo y colocar la compra. Similitudes con el extraño caso de Benjamín Baton. Cada vez estoy más lejos de estar donde quisiera. Es como caminar hacia atrás. El sofá cada vez está más lejos.
Despego la pegatina, lo que me cuesta la esquinita del esmalte de uñas. Eso de respirar hondo y decir que no pasa nada, cada vez me sale mejor. Pero hoy si sigo así, tendré que atarme una cuerda al pie o acabaré con la cabeza pegada al techo. Tengo la sensación de estar inflándome a base de paciencia.
Finalmente friego el suelo. Eso de “finalmente” no debería haberlo dicho, al fin y al cabo el día de hoy parece no acabar nunca.
Cojo el helado de chocolate negro y pongo una peli. Lo congelado ya está a salvo, el resto lo colocaré cuando el suelo esté seco.
Del disco duro la única que no he visto es Beowulf. Vería “Cairo time” pero hoy estoy guerrera.
¿En inglés? ¿Pero qué he hecho yo en esta y otras tres vidas más? No es lo que me pedía el cuerpo, pero bueno… no pasa nada, en inglés.
La película me resulta desagradable, pero mejor, así no me engancho que aún hay que colocar las cosas. Pause. Parece que todo empieza a estar ordenadito.
Me tengo que reír, cómo es la vida… Tanto decirle a mi madre que no acumule latas de atún y tengo en mi haber… ¡cinco latas de tomate triturado!
Yo creo que me ha dado por este artículo porque me gusta la etiqueta. Compro la marca Martinete, la etiqueta me transporta a mi infancia, le da un toque retro a mis muebles de cocina cuando abro la puerta buscando algún ingrediente.
Ha llegado el fin de la reposición. Ahora sí, cara lavada, pijamita, sofá, helado de chocolate negro y peli.
Los bárbaros arrastrando con cuerdas una gran embarcación tierra adentro. ¡Sí! ¡Sí! ¡Tierra adentro! Visto así, mi día ya no parece tan duro.
Los párpados me pesan, estoy cansada. Tanto es así que hasta parece que estoy dejando de pensar, me apago y mis músculos se relajan.
Una neurona perdida, independiente e hiperactiva lanza un pensamiento al aire “pues no que Beowulf está bueno…” La peli por lo demás no me gusta. Y aunque el prota en un intento desesperado por mantener despierta mi atención lucha contra el monstruo en cueros, ya no puedo más.
Finalmente, y ahora sí, finalmente, me voy a la cama.
Al fin y al cabo, lo más interesante del film no lo consigo ver, siempre hay una espada, un casco o un escudo que me lo impide. Y lo último que quisiera ver es a mí misma doblando la cabeza, a ver si por el lado…
Me voy a la cama.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Todo mío, lista para saborear.

"Dos"

Una carta en una ola de calor.