"Vides"


Era atravesar el oscuro cristal de aquella botella y darse de bruces con su contenido, allí estaba él.

Curtido por los años, la tierra, el sol, las epidemias y acicalado por el amor incondicional de Elisenda.

Aquella noche al alba, como todas las noches, se había despedido de ella. Ahora se precipitaba sin prisas a por el azadón y demás útiles.

Atesoraba su media fanega; después de la muerte de padre y tras el reparto de la herencia, había conseguido hacerse con las tierras surcadas por aquel pequeño afluente.

El alborozo de sus aguas desprendía todas las sensaciones que le recordaban a uno que estaba vivo, vida.

Estaría allí de sol a sol, el tiempo quedaba medido por el tañir de las campanas del monasterio aledaño. Los monjes aireaban a los cuatro vientos sus rutinas y quehaceres, haciéndolas repicar cada tres horas.

La prima sonó a las seis, ya deberían ser las nueve de la mañana, sonaba la tercia.

En primavera era el tiempo de vigilar el cereal para que los cardos no boicotearan su alimento básico. El sol empezaba  a caer con más fuerza. Su sudor caía por los entresijos de su frente. Sentía el palo de madera de su herramienta deslizarse rítmicamente en sus manos. Lo asía con la fuerza justa, ¿y no debería ser esa la medida de la vida? ¿la justa?.

Pero la realidad andaba tan lejos. Sus pensamientos sobrevolaban por aquella realidad tan dura. Había pagado sus diezmos, era una persona que se había ganado a pulso su estima social y su consabida honradez. Sin embargo seguía viviendo bajo el yugo de la Iglesia y aquella monarquía que subía las tasas y lo ahogaba de nuevo, otra vez.

Su cuerpo ardía, brotaba el esfuerzo de entre los poros de su piel. Sus músculos eran fuertes y poderosos. Quedaba mucho trabajo por hacer.

Amaba aquella tierra, aun así aquel terrón rojizo se deshacía en sus manos, como el futuro se desvanecía más allá de las lindes.

Elisenda a veces lo ayudaba con las faenas pero hoy había ido al mercado de la villa de Arnedo a la que pertenecían. La imaginaba entre el gentío negociando los precios del trigo. Entre el sonido de los carruajes, las gallinas alborotadas que revolotean de aquí para allá. Vociferaban los comerciantes sus mercancías.

Había que vender, puesto que después habrían de comprar.

En algún resquicio de su alma albergaba una esperanza, aquellas vides. Las cuidaba con suma delicadeza, eran su gran tesoro.

En primavera le daba una labor a la tierra, separándola del tronco de la vid. Ya no era necesario ese abrigo ante las extintas heladas.

Después tocaba un trabajo de castigo, cortar el largo de los sarmientos. Y el cavado para quitar las malas hierbas.

Por la tarde buscaría nuevos pastos para los animales y antes de volver recogería algunas hortalizas.

Un sol de justicia caía sobre su espalda maltrecha.

Le gustaba buscar esa sombra, bajo aquella frondosa copa. Deshacer en el paladar el pan que cocía cada día Elisenda sólo para él. Una mezcla de mijo, avena, cariño, mucho cariñó, agua y sal.

En su escudillo aquel guiso aderezado de especias para disfrazar el sabor de algunos ingredientes que habían conservado a duras penas.

Cerró los ojos y habiendo escuchado el riachuelo, la poca brisa que corría, el estremecerse de aquellas ramas y demás, se quedó dormido. Le parecía amanecer en una fresca mañana de septiembre.

Podía ver las vides repletas de compactos racimos. Las uvas a veces de un negro azulado, que otras tornaban de un negro púrpura.

Su pecho henchido de satisfacción, una luz desbordante en su corazón, la piel erizada.

Cortó un racimo y acarició la gruesa piel de aquel fruto de su esfuerzo y tesón.

Retiró la capa blanquecina con sus bastos dedos, separó una uva, la abrió y salió la incolora pulpa.

Aquella uva tempranillo le había costado varios disgustos. Sabido era por todos que además de madurar unas semanas antes, tenía gran sensibilidad a las enfermedades y las plagas.

Podía ver al fondo de la fanega a los vendimiadores meter las uvas en las comportas, que asidas a los caballos serían llevadas desde el pago a los lagares, donde la pisarían y harían su vino en grandes barricas.

En su mente resonaba el tropel de los caballos.

No era en su mente, eran los cascos de los corceles que se aproximaban por el camino.

Se incorporó de su siesta y avistó a varios representantes del gobierno municipal. Avisaban de una nueva ordenanza que vedaba la entrada del ganado en las viñas del término municipal de Arnedo.

Resopló con alivio, así las cosas su futuro por el momento estaba salvado con aquella medida.

Sus ilusiones revoloteaban aún con mayor fuerza por su cabeza.

En septiembre pediría la licencia del concejo para iniciar la vendimia y por fin vería realizado su gran sueño.

Caía el sol, ya sólo quedaba tiempo para volver a casa, al hogar y junto a la lumbre quedarse dormido al abrigo de los brazos de Elisenda hasta el alba del día siguiente.

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