Inviernos

Y habiendo sido el tiempo invertebrado por el dolor, halló la manera de mitigar su paso pusilánime.

Aquella no habría sido la manera más adecuada de existir.

Un reloj de agua saciando su sed de aventuras, Egipto y su devenir en el punto de mira.

Pero la tierra, inundada en ella sus entrañas, enraizaban su existencia.

Inmóvil.

Un frío más que invernal, infernal, acallaba su alma aquella mañana de enero.

La primavera, tan lejos.

Tan sólo los sueños conseguían acercarla.

Haciendo fuerzas de flaqueza conseguiría alcanzar otro mes de abril, ver el jardín en flor, desentumecida la sabia.

El ciclo de la vida nos lleva casi engañados, casi dormidos, casi conscientes.

Pasan los días y sus horas, unas más muertas que otras.

Un nuevo sol cada mañana, que siempre resulta ser el mismo.

Y las heladas, las lluvias, los días nublados de estos tiempos, se suceden con una monotonía que en silencio, ensordece las ganas.

Antojos de unos pétalos olvidados son las mañanas de luz resplandeciente, impregnadas de cálidas mejillas sonrojadas y un risueño ruiseñor.

De casta le viene al galgo, esa virtud en la garganta, a estos publicistas de un jardín invadido por una amalgama de colores que saborear desde la sombra de cualquier archiconocido ciprés.

Aunque en este reciente día, sólo queda conformar los anhelos, con algún despistado rayo de sol que acaricia a los más afortunados.

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