En la cocina ll
Allí estaba en la puerta de su casa una parte inconclusa de su pasado. Y ya se sabe lo que ocurre con aquellas cosas que no se terminaron, que ahí siguen, pendientes. Como colgadas del futuro, esperando su momento para ocurrir.
Había organizado un almuerzo con los amigos de toda la vida, habían vivido tantas cosas juntos... mil y una batallas, amores, desamores, el descubrir la vida.
Prometía ser un día para disfrutar recordando aquellos años, que ahora resultan ser maravillosos, pero que entonces quizás no lo fueron tanto.
Prometía ser un día para disfrutar recordando aquellos años, que ahora resultan ser maravillosos, pero que entonces quizás no lo fueron tanto.
"Hola! Me alegra que hayas podido venir, cuánto tiempo!". Se saludaron con dos besos y en aquella corta distancia sus miradas se encontraron y volvió del pasado la misma sensación intensa y amable de calidez, cuando los bellos se erizan y los poros de la piel despiertan de su letargo. Sensaciones que duran milésimas de segundos acompañadas con un estertor en el estómago y que se desechan enseguida, con una frase rápida e innecesaria, que nos hace pensar en otra cosa.
" Pasa! Pasa! Deja aquí el abrigo ".
Ella ya está saliendo del salón por la puerta que da a la cocina, él aún está entrando desde la puerta de la entrada.
Lo observa quitarse la parka y a través de su camisa intuye un hombre fornido de hombros redondeados. No encontraba el adolescente tímido y dubitativo que conocía de antaño.
Había entrado en su casa un hombre seguro y amable que inundaba la atmósfera de no sabía qué embaucador estar masculino.
La siguió hasta la cocina, un lugar de aromas entrañables, donde ella pasaba horas y horas.
Aquel enorme ventanal inundaba de luz cada rincón.
Todo estaba donde tenía que estar, en aquel peculiar orden desordenado que ella sabía manejar. Los cucharones de madera, la ristra de ajos y la de pimientos secos, las hojas de laurel. El mueble de las especias, las cacerolas colgadas, los fuegos a pleno rendimiento, el calor del horno.
Todo estaba donde tenía que estar, en aquel peculiar orden desordenado que ella sabía manejar. Los cucharones de madera, la ristra de ajos y la de pimientos secos, las hojas de laurel. El mueble de las especias, las cacerolas colgadas, los fuegos a pleno rendimiento, el calor del horno.
Puso a cocer arroz, que serviría de guarnición. Había pensado darle un toque exótico con aquel curry que había traído de Estambul.
El calor que desprendía el agua hirviendo se le antojaba como el calor que rezuman dos cuerpos excitados.
El calor que desprendía el agua hirviendo se le antojaba como el calor que rezuman dos cuerpos excitados.
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