Arde Troya

 Mujeres ligeras, sibilantes, bailarinas, originales, alegres, sencillas, libres, amables, valientes, aguerridas, dulces, veraces, apasionadas, distraídas, ilusionadas e ilusionantes, dueñas. Sangre recorriendo sus venas. A borbotones la periodicidad renovando la vida. Ciclos de luz y poder.


Apagadas por el peso de la rutina, la obligación, lo comedido, el saber estar, la prudencia, el no discutir, conciliar sueños ajenos, el decoro, el silencio, el no deslumbrar, no destacar, ser atrezo, sostener, apoyar, emplear su impulso para impulsar, el impuesto abandono. Fuente de vida mal vista y puesta a parir.


¿¿Y dónde están??


Siguen todas ahí, sepultadas en vida.


Sus luces tililan, tenues y quebradizas debajo de ese manto que no deja pasar el oxígeno, desnutridas, maltratadas, agotadas por el eterno, impuesto y pesado segundo plano.


Pero siempre peligrosas por quien así las percibe, porque su esencia es inquebrantable.
Siempre están esas ganas de explotar y arder, envolverlo todo en llamas, hacerlo todo cenizas y volver a ser.

Si hay que nacer desde la ira así se haga. La pasiva existencia puede ser eterna y no hay tiempo para tanto. La vida pasa, se agota el tiempo y la paciencia. 
Arde mujer! arde!
Aunque mueras en el intento.


 

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