DESDE LA PROFUNDIDAD
A cara lavada qué mas da. Y la voz interior que en un pasado se hubiera revelado permaneció en silencio. El subconsciente sabedor de las prioridades lo anunciaba con premura, como podía... Hay que sacarla de donde está, como sea. Se hace urgente, la perdemos. Si se adentra tan sólo un poco más en sus profundidades, no quedará nada iluminado, será imposible rescatarla de sí misma. Ya no habrá argumentos suficientes para convencerla porque toda la razón será de ella, ya todo teñido con la sombra de la soledad, la autocompasión, el no ser suficiente más que para la obligación y el mismo diálogo repetido hasta la saciedad tiñe la esencia del alma.
Llegado el momento se conformó el plan, urdido con la desesperación de las posibilidades que se agotan, con la angustia de llevar demasiado tiempo en aquella hondonada.
Esbozada ya la trayectoria para salir a la superficie, dejar de contener la respiración y llenar su vida con aire nuevo.
Hastiada ella de estar envuelta por el día a día que la imbuía en la creencia de que ya no había nada más. Desahuciada con su discurso interno, una rémora para la alcanzar la alegría de vivir. No podía tratarse de ahogar el paso del tiempo inundando con responsabilidades y obligaciones, rutinas interminables y carencias, estrés y cortisol las estancias estancas de la vida y dejarse ella atrás, en lo más profundo del abismo.
Se había quedado tan en el último plano de su propia existencia, su propia presencia carente de protagonismo. Andaba enroscada toda su atención en esos dos escasos metros cuadrados de consciencia de donde su instinto se hallaba decido a sacarla. Como primeras señales de autogobierno, cual golpe de estado sin referéndum estaba la estrategia perfilada. Volver a ser ella misma sin esfuerzos, tan sólo ser y respirar, sentir su cuerpo vivo, correr y sudar.
Aquel primer día le costó arrancar, pero lo hizo, salió, fue y tuvo la suerte de encontrar miradas amigas que invitaban a sus ganas a volver un día más.
Y nadie entenderá desde fuera sus mudos esfuerzos de un corazón perdido, los sordos bramidos de un alma desconsolada que se ahoga en los lodos de un abismo de incertidumbre sintiendo la desgarradora impotencia ante los impedimentos ajenos y propios.
Ella entregada y traicionada de vuelta, no por la esperada contrapartida, si no por la ausencia de miradas, atenciones, destrozados alma y corazón al no recibir nada.
Sentía el vínculo, todos los vínculos a lo largo de su vida, depender de ella.
Estaba tan cansada que una mínima contrariedad desmoronaría su tímido despertar.
Pero nadie lo sabe, nadie lo nota, nadie la conoce y los que la conocen ni tan siquiera intuyen su verdad.
Siempre segura de sí misma, autosuficiente hasta la saciedad.
Que ha tenido que reconstruirse, que volverse a inventar. Que aunque toma decisiones con la seguridad de un tanque, por dentro todos los miedos se le caen encima como un techo que se derrumba.
Sola... sola ya había estado. Pero esta era una nueva soledad, abrumadora, muda ella, sordos los demás.
Invisible a través de los días, las semanas y los meses.
Mucho llorar entre bastidores, mucho armarse de valor entre bambalinas, donde salir airosa, sobrevivir, sin más rasguños que los propios del día era toda una hazaña.
Y si todo estuviera pasando como yo quería que fuera la próxima vez que encontrara el amor, lo que ocurre que a veces se me filtran las expectativa románticas y entonces me indigno y me enfado... conmigo, contigo... En contra de toda prisa por sentir el amor y el drama todo en uno.
Me entra a veces la prisa de hacer y sentir, sentirte. Pero de veras que me importas y que te quiero en mi vida.
Y si no puedo quererte tal y como eres, tal y como haces, hablas, sientes, te expresas, actúas no pienso dar un paso.
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