Secuencias... Desencajados

Junto a él esa complicidad que apenas entendía su procedencia pero que sabiamente sabía saborear.
Junto a él una serenidad que diluía en cierta manera sus preocupaciones. Su remanso de paz. Una tarde, una infusión con el sol en la cara en una terraza para mantener a raya la sed de tristeza y la flaqueza desterrada.

Más allá del mundo de las ideas y los sentimientos en los que naufragaba día tras día en aras de averiguar... Anhelaba sentir su abrazo, su calor.

Cuando estaban juntos el tiempo pasaba como una brizna de aire te atraviesa el pelo en un atardecer de septiembre en la playa, imperceptible con sabor a eterno, con los pies descalzos y al abrigo de un pañuelo.

Por aquella angosta acera caminaban uno tras el otro.

Llegados a un punto él se detuvo, permaneció hierático mientras la observaba continuar con sus pasos y su charla, apresurándose a confirmar todas su teorías.
No le prestaba atención, cómo podía no darse cuenta que ya no caminaba tras ella y continuar.

Ella caminaba y charloteaba sin interés en sus propias palabras, sólo quería mantenerlo ocupado, que la acompañara y tal vez allí, más tranquila, abrazarlo. No, no quería abrazarlo, quería que él la abrazara. Tal vez allí, conseguiría pedírselo.
Pero él se detuvo y aunque ella continuó con la inercia para que la siguiera, él permaneció estático. 
Perdió todo el sentido continuar, ni siquiera la había llamado por su nombre para avisarla, ejecutó su papel de despistada y se despidieron.

Algo se rompió dentro de ella, volvió sola, triste, enojada, vacía... Por no ser capaz, porque él no lo hizo, porque ella no se lo pidió, porque él no supo mirarla con ternura.

Desencajados en mil pedazos.

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